Afganos en Yazd

Me quedo sorprendido con la cantidad de afganos que vivenen Yazd, en muchos casos fácilmente reconocibles por sus vestimentas y sus rasgos faciales. Un gustazo para mi cámara si no fuera porque las mujeres rara vez se dejan fotografiar. No así los niños, que siempre están dispuestos a sacar su mejor pose.

Anuncios

De paseo por Yazd

Pasear por la ciudad antigua de Yazd te traslada a tiempos remotos. Pese a no tener el encanto de Bukhara, perderse entre sus laberintos de calles rodeadas de casas de adobe es una gozada. Los 30º que todavía hay por aquí hacen que uno se sienta realmente en una ciudad en medio del desierto.

Para combatir este calor, en los tejados de las casas se pueden contemplar los “badgirs” (que no badgirls, que también las habrá), un sistema de ventilación natural capaz de utilizar el viento para enfriar las casas con ayuda de los “qanat” o canales de agua.

Tras pensarlo un poco (tampoco mucho) decido terminar mi viaje en Yazd y me olvido de Kashan y sobre todo de Shiraz, ciudad de obligada visita, así como Persépolis, pero me resulta imposible por falta de tiempo. Y es que aquí he encontrado un hotel tradicional con 340 años de historia, que antiguamente era la casa de un paisano en donde vivía con su harén y donde todas sus habitaciones dan al patio central que podéis ver en la foto. Sentarse a leer durante horas en un diván al caer la noche, siempre en compañía de un té, no tiene precio. Por no hablar de su tejado, al cual soy invitado a asistir a una “fiesta” de despedida de un grupo de turistas de Teherán. Dos de ellas, una madre con su hija la mar de simpáticas que me enseñan algunas técnicas de yoga y meditación a la luz de la luna llena. La mejor forma posible de finalizar un viaje.

Yazd, un oasis en medio del desierto

En medio del desierto se encuentra la ciudad de Yazd, una de las ciudades más antiguas del mundo y una visita obligatoria en todo viaje a Irán.

En el autobús desde Esfahán me hago coleguilla de Mohsan, un fan de los Gipsy Kings muy majete que vive en Yazd y para variar me invita a comer a su casa y conocer a su mujer y su hijo de 4 añitos. Más que casa tienen una mansión. Creo que no vi cocina tan grande en mi vida. Se nota que les van bien las cosas. Igualmente, me confiesan que quieren irse a vivir a Canadá algún día, y es que parece que nadie está contento viviendo en Irán y no hace falta explicar gracias a quién/es.
Tras la comida, con gambas incluidas (un manjar no muy habitual por estas tierras) y de unas conversaciones interesantes intercambiando un pedacito de nuestras culturas, Mohsan me lleva a ver Dakhmeh-ye Zartoshtiyun (Las Torres del Silencio), un antiguo “cementerio” zoroastriano.

El zoroastrianismo es una de las religiones monoteístas más antiguas del mundo con más de 3.000 años de historia. Fue la principal religión de Irán hasta que los árabes introdujeron el islam en el país. Se llama zoroastrianismo debido a los seguidores de Zoroastro o Zaratustra y su dios es Ahura Mazda. En las Torres del Silencio los zoroastrianos llevaban a sus difuntos y los dejaban allí para que sus restos fueran devorados por los animales, debido a que si los enterraban contaminaban la tierra y si los quemaban, el aire. De los 20.000 zoroastrianos que todavía quedan en Irán, 4.000 viven en Yazd.

Esfahán

Otras diez horas en bus nocturno para cruzar medio país y llegar a Esfahán, la capital turística de Irán.

Pensaba que en Irán no había mucho turismo, pero estaba equivocado, estaba todo en Esfahán. Y no es para menos ya que ésta es una de las joyas de Irán debido a su importante arquitectura islámica. De obligatoria visita son la mezquita Jameh, el Bazar-e Bozorg y por supuesto la inmensa plaza de Naqsh-e Jahan, la segunda plaza más grande del mundo tan solo por detrás de la de Tiananmen en Pekín. Es una auténtica maravilla sobre todo disfrutar del atardecer en la plaza, en la cual no solo se pueden encontrar turistas sino que los propios iraníes aprovechan sus cuidados jardines para relejarse, leer o simplemente pasear al finalizar el día.

El resto de la ciudad, pues como cualquier ciudad de 1,5 millones de habitantes, no muy diferente de cualquier ciudad occidental. Aún así se respira tranquilidad y es una ciudad agradable para estar, quizá por su buen clima o por la calma y serenidad de sus habitantes. No dejo de sorprenderme de la educación y saber estar de los iraníes, así como su interés hacia la cultura en todas sus vertientes, especialmente la poesía. Tanto es así que en toda ciudad existe una calle dedicada a poetas como Ferdowsi o Hafez.

Dos días aquí se me hacen suficientes para ver lo gordo de la ciudad. La próxima parada será Yazd, y tengo la impresión de que voy a disfrutar paseando por las calles de su ciudad antigua tanto como lo había hecho en su día en Bukhara, Uzbekistán.

Howraman

La única forma de visitar Howraman es contratando un coche con conductor durante todo el día y yo había quedado con mi chofer y su colega a las 7:30 de la mañana. El precio: un millón de Riales o lo que es lo mismo, 25€ al cambio.
Salimos de Marivan rumbo a las montañas pero antes hacemos una parada técnica para desayunar unos shashlik de ternera y tomar un té bien calentito ya que el día amanece frío pero despejado, algo que se agracede después de los últimos tres días lloviendo en Sanandaj.

El camino hasta Howraman-Takht transcurre por carreteras de montaña con pasos de casi 3000m. Teniendo en cuenta cómo conducen en Irán, la aventura está asegurada. Las vistas son impresionantes y uno se siente diminuto ante tan enormes montañas.

Al final llegamos a Howraman-Takht, algo así como Palangan pero a lo bestia. La verdad es que no tengo palabras para describir el paisaje. Incluso se me hace difícil plasmar en las fotografías la grandeza de este lugar. Estamos en un lugar perdido entre Irak e Irán, donde las casas de construcción tradicional se aglomeran a lo largo y ancho de la montaña, sirviendo sus tejados como pasadizos entre casa y casa. Es una maravilla pasear por aquí y vivir nuevamente la hospitalidad de esta gente, siempre dispuestos a invitar a una taza de té, a comer o a lo que haga falta.

Me da pena dejar esta tierra. Aquí me siento como en casa y la vida parece haberse detenido en el tiempo. Pero es momento de partir hacia el Irán central, hacia una de las ciudades más importantes de este país: Esfahán.

Hasta otra Kurdistán. Volveremos a vernos.

De paseo por Sanandaj

Este es otro de esos días en los que te levantas tarde y no te apetece más que descansar un poco de tanto coche y pasear tranquilamente por la ciudad. Por cierto, hoy también amanece lloviendo…

Aprovecho para subir al parque Abidar para disfrutar de la maravillosa panorámica que ofrece de la ciudad.

Hoy tenía pensado dejar el Kurdistán y partir hacia Esfahán, pero hay algo en esta tierra que me tiene atrapado. Quizá sea su gente que nunca deja que te sientas solo, o quizá estas montañas que se levantan sobre ti vayas donde vayas. Sea lo que sea, al final decido quedarme un día más y al anochecer voy a Marivan, ciudad fronteriza con Irak y la mejor base posible para visitar el valle de Howraman.

Palangan

Amanece el día lloviendo, para variar. Hoy es viernes, día santo, pero además es Eid al-Adha, y se celebra el día en que Ibrahim (Abraham) pretendía sacrificar a su hijo (Ismael según el Corán). Esto quiere decir que hoy no hay nada abierto en 3000km a la redonda, excepto las mezquitas. Yo aquí no pinto nada así que hoy toca una visita obligatoria: Palangan.

Palangan es uno de los principales motivos por los que a priori quería venir al Kurdistán iraní. Para ir a Palangan, primero hay que ir a Kamyaran, una pequeña ciudad a unos 60km de Sanandaj. Y qué suerte la mía que uno de los chicos que conocí en el bus de Tabriz a Sanandaj vive allí y se ofrece para acompañarme junto a su hermano para ver tan bonito paraje. Tras llegar a Kamyaran, me encuentro con Salah y Shahab, y me invitan a comer a su casa y conocer al resto de su familia, y yo encantado de las costumbres kurdas.

Después de una agradable comida partimos hacia Palangan, el más pictórico pueblo del Kurdistán iraní. Aquí podemos ver casas tradicionales kurdas contruídas en la misma montaña. Una pasada.