Notas sobre Gjirokastra

Tres días en Gjiro y ya me encuentro a gente que me saluda como si me conociera de toda la vida. Esta ciudad tiene 35.000 habitantes y todo el mundo se conoce. Uno se siente como en casa cuando nota el calor de la gente que se acerca a ti para preguntar qué tal va todo y compartir unos minutos contigo. Uno de los niños que trabaja de voluntario en el festival me guarda cada día un ejemplar del periódico con información y la programación de la jornada, mientras una compañera suya me explica en un perfecto inglés qué lugares no me puedo perder del país. Otro chico me insiste en que me quede en su casa que no necesito pagar por un hotel, que esa de la hospitalidad albanesa. El dueño del puesto de cervezas y perritos le indica a una empleada con un gesto con la mano que estoy invitado. Varios chavales con los que fui a jugar a fútbol me ofrecen que los acompañe a lo alto del castillo desde donde las vistas son espectaculares. Por no hablar de la amistad que entablo con Alexander, que me invita a su casa a ver el partido Madrid-Juventus y su madre nos prepara una rica cena. Y un montón de gente que uno se va encontrando cada día y que te reafirman que el mundo está lleno de gente maravillosa.

Hablando con un chico de Berat, me llama la atención que me diga que él es 50% cristiano y 50% musulmán, y es que la religión no crea conflictos en un país que cuenta con 4 religiones mayoritarias: católicos, ortodoxos, musulmanes bektashi y suníes. Lo normal por aquí es ver matrimonios entre personas de diferentes religiones. Es curioso ver cómo en las terrazas de los bares la gente disfruta de una cerveza bien fresquita mientras al lado la mezquita entona la llama a la oración desde los altavoces del minarete. Un verdadero ejemplo de convivencia.

Durante todo el día, antes de las actuaciones en el castillo, tienen lugar diferentes actividades por todo el casco histórico. En la plaza “Fantazia” grupos de niños y no tan niños participan en un taller de baile tradicional y lo pasan en grande al mismo tiempo que mantienen vivo el legado cultural de sus antepasados. Y es que si de algo está orgulloso el pueblo albanés, es de eso mismo, de ser albaneses. Se aprecia entre su gente un sentimiento de unión entre las diferentes regiones y entre los albaneses en la diáspora en busca de la añorada Gran Albania.

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A partir de las 6 de la tarde los grupos participantes en el festival empiezan a llegar al castillo acicalados con la vestimenta tradicional de la zona que representan. Vestimentas muy diferentes entre sí al igual que la música que interpretan. En el norte del país, zona montañosa limítrofe con Kosovo y Montenegro, son más característicos los instrumentos de cuerda pulsada como el “çifteli”, de cuerda frotada como el “lahutë”, o gran variedad de flautas acompañados de los característicos “lodra”, tambores tocados por ambos lados emitiendo a la vez sonidos graves y agudos. Las canciones narran relatos épicos de héroes locales que lucharon contra los diferentes invasores, un estilo más típico de los rapsodas. Al igual que su música, los norteños tienen fama de poseer carácter más seco y rudo que en las zonas del sur más próximas a Grecia. La música sureña también es más suave y melódica donde abundan clarinetes. La mezcla de razas y culturas ha dejado huella tanto en la música y tradición de Albania, como en los rasgos físicos de su población con rostros tan diferentes.

Festival de Gjirokastra

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