30 enero: Beijing

Para sacarme el problema de los billetes de tren de encima, madrugo y vuelvo a la estación de tren a ver si esta vez hay suerte. De nuevo a esperar largas colas a primera hora de la mañana. En estación no hay descanso. “No tickets” son las únicas palabras que tienen para mí. Toca cambiar de estrategia e intentar coger un tren directamente a Xi’an sin parar en Pingyao, pero con la misma suerte: “no tickets”. Solución: reservar un vuelo en Ctrip.com y santas pascuas, así que me alejo de la zona de la estación y esta vez es para no volver.

Igual que la noche anterior, cojo el metro que me lleva hasta Tian’anmen. El día es frío (rondando los -7ºC) pero soleado, algo que se agradece. Para mi sorpresa, no hay aglomeración de turistas así que sin pensarlo más, me decido a visitar la Ciudad Prohibida, en la que vivieron emperadores chinos hasta el la revolución de 1911 con la caída de la dinastía Qing. Realmente impresionante.

Saliendo por la puerta norte de la Ciudad Prohibida, llego al parque Jingshan, desde donde podemos observar una panorámica de toda la ciudad desde la cima de la colina en uno de los cinco pabellones en compañía de una enorme estatua dorada de Buda.

Al oeste de Jingshan, caminando entre un pequeño mercado de frutos secos ubicado en un hutong, llegamos al parque Beihai y la pagoda blanca. Hay un gran lago que en esta época está completamente helado, y es curioso ver a los niños corriendo por encima de él, o en una especie de trineo empujándose con la ayuda de palos. No seré yo el que me juegue la vida ahí.

Paro a comer en un pequeño local de la zona. De nuevo el problema del idioma, pero para suerte la mía, ya que de las 2 personas que estaban comiendo allí, una es una chica taiwanesa que muy amablemente me ofrece su ayuda y finalmente acabamos compartiendo mesa. Pei es una estudiante de física nuclear que vino a pasar unos días a Beijing aprovechando que su hermana trabaja aquí. Salimos del local después de habernos hinchado a una especie de ramen de tallarines de arroz y unas bolitas de masa de arroz rellenas de carne que estaban buenísimas.

Después de un paseo por las inmediaciones de la Ciudad Prohibida, me despido de ella y continúo con la visita a la plaza de Tian’anmen, esta vez para poder entrar en ella, no sin antes pasar los controles de seguridad de rigor. Sin duda, la plaza más grande que he visto en mi vida. Me quedo sin poder ver el Mausoleo de Mao, en donde se encuentra el cuerpo del antiguo presidente que conservan en una cámara refrigerada y solamente sacan en horas de visita. Evidentemente, mucha gente pone en duda la veracidad de este cuerpo.

Salgo de la plaza ya anocheciendo, pero antes me viene una niña pequeña con su padre preguntándome si se podía hacer una foto conmigo. Quizá sea el primer occidental que ve en su vida, y por supuesto acepto tal honor.

Finalmente, paseito y cena por la zona de Dongzhimen, y a dormir, que de nuevo el frío se apodera de la ciudad y mis piernas ya están cansadas.

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